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LA SANA ENVIDIA.

 

Por Horacio Krell*

 

La sana envidia es el combustible del progreso, la mala envidia es un pecado capital. Destructora, inútil, dolorosa,  se oculta en las  críticas, injurias o calumnias, en el doble discurso, en la compasión cínica y en la adulación fingida. 

La mala envidia no se refiere a una diferencia real sino a una percepción subjetiva. Es una emoción solitaria y escondida que no se admite ante los demás ni  ante uno mismo. La sana envidia es explícita, refleja buenas relaciones, como al decir envidio tu trabajo.

Sólo se envidia a alguien con el que se puede competir, resaltando sus defectos o silenciando sus virtudes. Unamuno dijo: "la envidia es mil veces más fuerte que el hambre, porque es hambre espiritual". Subyace en ella un sentimiento de inferioridad difícil de superar. La mala envidia  desea algo que ve imposible y se dice: podría haber sido mío. La sana envidia es positiva y afirma: "será mío".

Benchmarking. La sana envidia parte de la verdad. Así como el pez es el último que descubre el agua, porque es su medio natural, la rutina adormece, provoca uniformidad. La sana envidia se compara sistemáticamente con un modelo de excelencia. El benchmarking detecta las mejores prácticas para hacerlas propias. Implica preguntarse: ¿Qué puedo mejorar? ¿Cuál será mi modelo? ¿Qué diferencia nos separa?  ¿Cómo cerraré la brecha? El peligro es elegir el camino incorrecto. La clave está en lo que se hace y no en  cómo se hace. Elegir bien el blanco es crucial. Luego, hay que ser “eficaz” en la elección de la ruta y no sólo “eficiente” en la tarea.

Sin un blanco no hay envidia. El envidioso no es objetivo. Calcula su valor tomando al otro como medida, le falla el principio clave de la inteligencia emocional: “conócete a ti mismo”. Cuanto más decepcionante es su desempeño, más rebaja su autoestima.

Emociones alternativas. La envidia tiene primos: los celos, el resentimiento y la indignación. La envidia desea lo que no posee, los celos temen perder algo. La sociedad de consumo promueve un deseo envidioso de masas inculcado por la publicidad. No es un deseo genuino, sino el de no poder soportar que lo disfrute. No tiene interés en conseguirlo, lo que quiere es ver al otro destruido. El resentido no, lo necesita vivo  para vengarse. Vive el pasado como injusto,  el presente se cierra por esa frustración revivida y el futuro se nubla por la pasión de la venganza.

Cuando la desventaja es inmerecida o injusta, la indignación es coherente, ya que  acepta realidad para enfrentarla. Por otro lado si se admite la superioridad del otro lo puede tomar como modelo. La envidia puede ser la  mensajera oculta de la admiración que junto con la estupidez son las fuerzas más potentes que impulsan a la sociedad.

PNL, Programación neurolingüística. Si la envidia cede, la admiración se hace emulación -el deseo de igualar al modelo-. Al querer hacer lo que hace, se libera del odio. Si bien se requiere un rival, éste no es un enemigo. Pero si la admiración y emulación fracasan, la envidia se hace vergüenza. El peor sentimiento de envidia  es regocijarse con el sufrimiento del otro. 

La sustitución de envidia por  conflicto oculta su naturaleza. Lo que irrita al envidioso y aumenta su círculo vicioso es su incapacidad para provocar un conflicto. La sana envidia no desea que el otro pierda su talento, se dirige a alcanzar lo deseado, no a minar a su rival. Esta envidia positiva se refleja en la frase: ganar-ganar o no hay trato.

Una emoción detectada por el intelecto tiene su lado positivo. Los celos  preservan relaciones importantes, la indignación mejora la autoestima. La envidia moderada permite crecer y hasta la envidia destructiva puede convertirse en constructiva.

La envidia reconducida demanda inteligencia social, una justicia para todos. Y hasta la solidaridad que renuncia a un bien para compartirlo, reconvierte la hostilidad.

La PNL es el estudio de lo que percibimos, de cómo organizamos el mundo y lo filtramos. Investiga la comunicación a través del lenguaje y  permite desarrollar habilidades de crecimiento personal y de relaciones interpersonales, para  conocer de manera objetiva a los demás y a nosotros mismos.

Inteligencia emocional. Las emociones no son buenas o malas en sí mismas, son como alertas. Si la inteligencia es la capacidad de resolver problemas, habría que integrar a la educación el estudio de las emociones,  saliendo del enciclopedismo y trabajando sobre el autoconocimiento,  la autoestima, las destrezas intelectuales y las aplicaciones de la inteligencia: emocional, racional, creativa, estratégica, social y digital.

La inteligencia racional complementa la emocional, así como se apoyan, perdidos en el bosque, un paralítico montándose en las espaldas de un ciego. Ambas deben asociarse porque son partes de un mismo sistema. La administración de las emociones es necesaria para lograr el poder. El poder inteligente es querer con eficacia.

* CEO de ILVEM horaciokrell@ilvem.com




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