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El valor del miedo

Por Sergio Sinay

Domingo 28 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa 

 

Señor Sinay: Tengo 58 años, soy casada, madre de dos jóvenes de 18 y 20 años. Sobrevivo en esta Buenos Aires del miedo. Temo a los accidentes de tránsito, a la delincuencia, a las mafias y a los traficantes. A la corrupción, la indecencia, la inmoralidad pública, la mentira institucionalizada y la inacción gubernamental. Pero temo más al miedo que convive con nosotros. Deseo para mis hijos una tierra de oportunidades, no un futuro devastado en manos de la violencia, la droga, el alcohol y el atropello a las más elementales normas de convivencia.
Patricia Ferré

Cae una barrera que no puedes atravesar, te detiene, te paraliza, y no sabes cómo continuar; es el miedo que no te deja pensar ni actuar. Puedes alejarte de él y empezar a ver distinto si dejas ese enfoque. Tu espíritu te da el giro para salir del temor que anula y tanto mal hace.
Juana Dolcemelo (Baradero)

Quisiera una orientación sobre cómo puede una persona vencer el miedo; sobre todo si está claro que ha sido su mayor obstáculo.
Héctor Moquete

La de vencer el miedo suele ser una propuesta tan frecuente como voluntariosa y, hay que decirlo, no resulta siempre de exitoso cumplimiento. Aunque su sensación sea concreta, el miedo en sí es algo abstracto. Se trata de una reacción ante un estímulo. Nuestra amiga Patricia nombra varios de esos disparadores. Seguramente no siempre está en nuestras manos suprimir aquello que nos provoca temor, pero sí nos es posible cambiar el modo en que actuamos ante ello. Cuando una emoción, como el miedo, se convierte en padecimiento, quizá se debe a que no hemos aprendido a regularla y gestionarla a través de los recursos de que disponemos. No se trata de eliminar la emoción (así como tampoco podríamos sentirla a propósito, ya se trate de miedo, enojo, amor o alegría), sino de qué hacer con ella.

La propuesta de vencer al miedo equivale a la de silenciarlo. Pero, como bien apunta Norberto Levy en su enriquecedor La sabiduría de las emociones, el miedo es la señal de que existe una desproporción entre la magnitud del riesgo que enfrentamos y los recursos con que contamos. Esa señal puede estar acertada o errada. Acaso cuento con recursos suficientes, pero los desconozco o no los he valorizado lo suficiente. Acaso pueda elevar el nivel de mis recursos gracias al aviso del miedo, en cuyo caso éste habrá sido funcional. Eliminar el miedo como emoción equivaldría a desconectar en el auto el tablero del instrumental. Nos quedaríamos sin recursos que nos adviertan si falta combustible, si subió la temperatura o si bajó el aceite. No es valiente quien desconoce el miedo (ése es inconsciente), sino quien, admitiéndolo, aprende a asistirlo desarrollando herramientas para afrontar, resolver o trascender las circunstancias atemorizantes.

Lo que más nos desprotege es atemorizarnos del miedo, considerarlo un enemigo a vencer. La teóloga Margaret Miles (de la Divinity School de la Universidad de Harvard) recuerda que los seres humanos hemos vivido siempre entre el miedo y la incertidumbre. Cambian algunos tipos y fuentes del temor, pero éste es inherente a la vida, como la esperanza. Aunque no siempre, dice Miles, las sociedades han sido tan activas en el cultivo y contagio del miedo. Cierta soberbia tecnológica y científica nos ha llevado a creer que se puede estar a resguardo de todo. Esto acaba por desprotegernos ante el primer riesgo o imprevisto. Vivir desprovistos de miedo es tonto y peligroso, advierte el rabino Harold Kushner (autor de Cuando nada te basta, entre otros títulos) y nos haría emocionalmente ciegos y vulnerables. El miedo es un don, insiste, que nos recuerda que estamos vivos y nos impulsa a desarrollar recursos para vivir y vincularnos de modos más solidarios.

Siempre hubo y habrá razones para el miedo. Muchas se deben a la irresponsabilidad de autoridades que ignoran el auge del crimen, que no invierten en carreteras o que generan peligros gratuitos cuando con su corrupción dejan que se incumplan normas de seguridad en varios rubros. Otras son parte del hecho de vivir. A menudo, confusamente, mezclamos unas y otras causas para justificar nuestra inacción. Hacernos cargo de nuestra vida y correr el riesgo de vivirla es un modo de ayudar al miedo a no ser una traba sino un sabio consejero. El miedo crece o amengua según cómo fortalecemos nuestros recursos existenciales. Bien atendido, él mismo es un recurso.

 

Comentario de Horacio Krell

El miedo no es sonso.

A lo que hay que tenerle miedo es al miedo.  La peste dijo al anciano “Vengo de  la ciudad de cobrar 100.000 vidas”. “Pero murieron 200.000”, dijo el anciano. “Yo cobré 100.000, las restantes se las llevó el temor”.

Hay impulsos que nos condicionan. Los fantasma son imaginarios pero el miedo es real. Existe un temor estimulante que es fuente de energía. El miedo negativo explota o bien muestra la cara de la postergación.

Lo que falla es la regulación de la conducta, no poder mover  el interruptor y entonces  las defensas consumen la energía. Ese temor no enfrenta el dolor, ocupa la mente en otra cosa. Debajo está  la duda sobre sí mismo que lleva a la autoderrota.

Para vencerlo es necesario conocerse. La verdad es una receta dolorosa pero terapéutica. El que no sabe lo que le pasa lo expresa con síntomas, enfermedades o fobias. La transparencia es el valor agregado que aporta la inteligencia emocional.

 

En el origen de todos los miedos está el miedo a la libertad. Adán en el Paraíso produce el 1er acto libre pero es como una maldición: es libre pero no puede gobernarse.

 

Cuando el hombre cortó su vínculo  con la familia y con las autoridades tradicionales que le daban  sentido a su existencia y su lugar en el mundo, adquiere la “libertad de” pero no  la “libertad para”.

 

Al romper su cordón umbilical siente el horror a la soledad. La educación debería forjar un lazo con los hombres a través del trabajo y del amor. Sin crecimiento apelará al éxito o a la sumisión al líder.

 

Actuará por deseos que cree propios pero que  son exigencias sociales que hizo propias,  repite lo mismo que todos, inserto en una sociedad de masas como pieza de un engranaje que responde a autoridades anónimas.

 

El yo social no dice que es empleado como se emplea a una máquina, que no vale por sí mismo sino por su valor en el mercado. Es normal como estadística pero no es feliz ni  expande su espiritualidad.

 

 Hay que sumar al cambio  deseos, conocimientos, bienes materiales, espirituales y el capital social. Asumir  que el peor riesgo es quedarse,  reconocer que se está  lejos del ideal y cerca del temor, dejar de fingir, asumir lo que se teme perder, analizar qué hacer si sucede lo peor y saber cómo limitar la pérdida.

 

La preocupación paraliza, la ocupación motoriza. Listar los problemas, formular las preguntas, conocer  los límites, no correr riesgos innecesarios; implica crecer en las áreas que podemos controlar. La acción aumenta la ocupación y disminuye la preocupación.

 

Antes hay que generar el  plan. Al entrar  en acción no hay que dejar el cambio por la mitad, ni culpar a 3ros, ni darse por vencido. Tampoco hay que esperar demasiado hay que saber retirarse a tiempo.

 

El miedo es  mal consejero. Hay  intereses que lucran con él. Para enfrentarlo el secreto es ser más uno mismo, conocer la misión que nos alienta, luchar por ella a capa y espada y convertir así el temor en valentía. El miedo no es sonso es una  alarma que nos indica que llegó el momento de cambiar.

 




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