Miércoles 23 de mayo de 2012 | 01:22

 

 

Sectas

Por Daniel Pliner | 

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Pablo Albarracini fue víctima de un asalto. Recibió cinco disparos y debió ser internado en terapia intensiva. Tiempo atrás había dejado un documento escrito en el que se comprometía, entre otras cosas, a no recibir jamás transfusiones de sangre, que era exactamente lo que recomendaban los médicos para minimizar el riesgo de muerte. Su voluntad, producto de sus convicciones religiosas - es testigo de Jehová-, aun contra la de su padre, fue respetada. Pablo, sólo Jehová sabe cómo, salió de su estado de coma y ahora la sociedad inquieta y sensibilizada aguarda que recupere la plena conciencia, se arrepienta y permita que lo transfundan.

Sentados frente al monumento a Juan José Castelli en Plaza Constitución, mientras acortamos nuestras existencias con dos panchos con mostaza comprados a una vendedora ambulante, Ferretti y yo tratamos de encontrarle un sentido a la repercusión del caso.

- Tal vez -sugiere Ferretti- creció empujado por la ley de muerte digna.

- ¿Le parece? Yo lo veo más bien asociado con la moda de las sectas y la caída en desgracia de nuestro ex niño prodigio Claudio María Domínguez.

- ¡Muchacho loco! De Poseidón al Sai Baba sin paradas intermedias. Pero, a propósito, ¿cuál es exactamente la diferencia entre una religión y una secta?

- Por lo que he leído y escuchado hasta ahora, mi conclusión es que se trata apenas de un problema numérico. Le diría más: tengo la sensación que casi todas las grandes religiones arrancaron de sectas, de grupos contestatarios pequeños que se apartaron de sus iglesias originales para transitar caminos que juzgaron más verdaderos.

- ¿Sólo un problema numérico? A mí se me pone la piel de gallina cuando cien tipos con túnicas se refugian en el bosque para practicar alegremente la pedofilia, o el incesto, o acaban matándose entre ellos...

- Hay sectas que no prosperan, Ferretti.

- ¿Y los testigos de Jehová?

- Según su particular hermenéutica, hacen una interpretación literal de la Biblia. Y parece que la Biblia dice que no se debe "comer sangre".

- Y entonces -dice Ferretti- prefiero suicidarme a que me inyecten sangre por vena.

- Fíjese que un juez al que recurrió el padre de Albarracini sostuvo que "no se debe permitir el suicidio lentificado". A mí no deja de sorprenderme que desde otras religiones le estén pegando tan duro a la decisión de Pablo.

- Después de todo, Ferretti, casi todas ellas prohíben la ingesta de determinadas sustancias, o lo hacen en determinadas ocasiones. Y a ninguna de ellas, me imagino, le haría gracia que el Estado se metiera en el medio para evitar que los fieles cumplieran con sus preceptos.

- Y le voy a decir más. La promesa de un destino mejor después de la vida, vía resurrección de las almas, reencarnación o lo que sea, ¿es apenas un consuelo o puede convertirse en un estímulo?

- ¿Usted insinúa, Ferretti, que, convencido de que la puede pasar mejor del lado del arpa que del de la guitarra, alguno podría resolver apurar los trámites?

- Siempre hay alguno que quiere colarse en la fila.

- ¿El martirio, tan enaltecido por algunas religiones, no es acaso la versión noble del suicidio?

- Ahí me parece que exagera -me corta Ferretti

- Lo admito. Los ateos también se suicidan aun sabiendo que están comprando un pasaje de ida a ninguna parte.

- Pero no le escapemos al bulto: póngase en el lugar del joven Albarracini en el momento en que despierta y se encuentra con un tipo de blanco que lleva en una mano una jeringa con sangre y en la otra un papelito para hacérselo firmar. ¿Qué haría?

- Ceo que seguiría defendiendo mi libertad. Le pediría que tire a la basura la jeringa y que trate de salvarme de otro modo. ¿Y que haría Usted si fuera el padre, Ferretti?

- Lo mataría a patadas..

 

COMENTARIO DE  HORACIO KRELL

 

 La inteligencia espiritual no es un monopolio de las religiones, es un patrimonio del hombre.

Se ocupa del espíritu y la materia, del trascender, de lo sagrado, del comportamiento virtuoso: perdón, gratitud, humildad, compasión, de comprender que somos parte de un todo.

Algunos lo hacen orando, otros asumiendo responsabilidades sociales, practicando leyes espirituales de amor, paz, felicidad. Son los que mejoran la calidad de sus vidas.

Si el intelecto se olvida del espíritu, degrada el medio ambiente, la familia; aquello que más importa. Hoy que la educación descuida la inteligencia espiritual está creando autómatas altamente capacitados.

Para que la tecnología se humanice debe congeniar con la fuente. El espíritu individual y social se nutren, la enfermedad del espíritu se paga, la bancarrota espiritual precede a la quiebra económica

 ¿Debo hacerlo? Es la pregunta que  pone en marcha la inteligencia espiritual. Somos libres de elegir nuestros actos y creencias, pero no podemos evitar sus consecuencias.




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