Sábado 25 de agosto de 2012 | Publicado en edición impresa

 

 

La compu

Creo que te estuvo sonando el celular

Por Ariel Torres | LA NACION

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Lo siento, si lo que voy a decir a continuación hiere susceptibilidades, pero es la verdad: los celulares son portátiles. Esto significa que podemos tener el equipo con nosotros todo el tiempo, no sólo cuando estamos estáticos (sentados en nuestro escritorio, por ejemplo), sino sobre todo cuando deambulamos o nos trasladamos. Existe un número variable de mecanismos para portar el portátil, por así decir: en la mano, en el bolsillo, en la cartera, en la mochila, en un estuche sujeto al cinturón (muy de los 90, fuera de moda ya).

Nótese que el concepto de portátil es opuesto al que se verifica con los teléfonos preparados para el sistema convencional de conmutación de líneas, también llamados teléfonos fijos. Pese a su nombre, estos dispositivos no están completamente fijos. El lector podría, de encontrarse con uno, alzarlo e, incluso, moverlo por el aire en varios ejes de libertad. Lo que no podrá hacer es llevárselo consigo, subirse al auto, irse a la oficina y que el mencionado teléfono fijo siga funcionando. El nudo del asunto es el cable, no la portabilidad inherente al dispositivo.

De hecho, existen también los teléfonos fijos inalámbricos , cuya base está vinculada, como no podría ser de otro modo, a la línea que viene de la calle, mientras que, por medio de una antena, intercambia microondas con el aparato que usamos para discar y hablar, y que, aún pareciéndose a un celular, no lo es, precisamente porque el alcance de las microondas es en, este caso, bastante limitado. A menos de media cuadra de distancia, de nuevo, la señal se cortará y no podremos usarlo para discar y hablar.

Como puede observarse, el concepto de portabilidad parece sencillo, pero dista de serlo. El asunto viene a complicarse por el hecho de que los verdaderos móviles, muy a pesar de su nombre, no se mueven en absoluto. No por sí mismos, cuando menos; salvo en circunstancias muy especiales sobre las que volveré al final.

Es decir, se requiere de una acción concreta por parte del usuario para que el móvil, bueno, se mueva. En general, alcanza con tomarlo en la mano y emprender cualquier excursión que tengamos planeada. Por ejemplo, hasta la máquina de café. En todos los casos, el teléfono móvil seguirá en nuestra mano cuando lleguemos hasta la mencionada máquina, excepto, desde luego, que en el trayecto hayamos abierto el puño e inadvertidamente el portátil se haya caído al piso. Es sabido, no obstante, que a partir de más o menos los 3 años las personas no dejan caer inadvertidamente los objetos que llevan en las manos para, digamos, tomar otra cosa, saludar a sus amigos o rascarse la cabeza.

Peste sin respuesta

No estoy seguro de si estas aclaraciones alcanzarán para paliar -ni hablemos de erradicar- el flagelo del celular abandonado. El sujeto se levanta y deja su escritorio. Omite decirle a cada uno de los 20 o 30 colegas que tiene alrededor a dónde va, más que nada por razones prácticas, y tampoco envía un mail masivo a todo el grupo anunciando el destino de su peregrinación. Simplemente, se va.

Tres minutos después, su móvil empieza a sonar.

Aunque no está científicamente demostrado (faltan datos estadísticos), tengo la sensación de que la calidad del ringtone elegido por el usuario de un móvil es inversamente proporcional a la tendencia que tiene de dejar por ahí el aparato. Así que de pronto, todo el espacio de trabajo, hasta entonces relativamente confortable, se pone tenso, infectado por una musiquita que, no satisfecha con reiterarse, es horrísona y ofensiva.

Pero hay más. Uno de los problemas (en rigor, una característica) de los celulares es que suenan muchas veces. Supongo que esto tiene que ver con la cartera de la dama y la mochila del caballero. Habrán visto la escena. Dos personas sentadas en un bar. De pronto suena algo. Como el dispositivo está soterrado entre cuadernos, dos lápices labiales (rouge y manteca de cacao) y el robusto portacosméticos, una bufanda, dos paquetes de pañuelos descartables, una novela gruesa a medio leer, la billetera, el suéter por si acaso y una botellita de agua mineral de 500 cc, el destinatario tarda bastante en oírlo. Por fin, dice:

-¿Es el mío?

O, en un uso más que significativo:

-¿Soy yo?

Si la respuesta es afirmativa (lo es), se pone en marcha la tarea de localizar y extraer el celular de la cartera o la mochila. Reíte de la megaminería. Lleva una temporada y no es imposible que unos cuantos secretos se alumbren en el proceso. Asido por fin el teléfono, queda todavía apretar una tecla, abrir la tapita o deslizar el control táctil para atender. Así que los celulares suenan como 3000 veces antes de darse por vencidos.

Las personas que dejan tras de sí su celular son o parecen ser las que cuentan con los amigos más leales, esos que si no les respondés la llamada, lejos de pensar que, tal vez, estás en una reunión con tu jefe, se preocupan por tu salud, te imaginan en un trance mortal, y vuelven a discar infatigablemente. La oficina no alcanza a distenderse cuando el ringtone del infierno arrasa de nuevo. El destinatario, al regresar, posiblemente no se explica por qué le informan Te estuvo sonando el celular con una hostilidad que es vecina de la amenaza.

Botón antipánico

Pero, ¿qué hacer? Ese es el problema. Cierto, uno podría ir y cortar la llamada, y ya; pero no lo hace. Es una descortesía. Comparada con la fanfarria cacofónica es casi un mimo, pero de todos modos no lo hacemos. La razón es obvia.

Cuando el sujeto vuelva y, por fin, atienda la llamada número 26 (nosotros hemos cortado las 25 anteriores), se encontrará con un estado de cosas catastrófico. Si quien llamaba era el cónyuge, se hallará al borde del divorcio. Si es un amigo, bueno, será un amigo menos. Y si es un familiar, las consecuencias tendrán proporciones de tragedia griega.

Creo, por todo esto, que los fabricantes de celulares deberían incorporar la función No está en todos sus equipos (esto incluye a Apple, aunque me temo que no acatarían la norma, o la instrumentarían de una forma demasiado bonita para que surta el efecto deseado). Es decir, si el telefonito se pone a sonar (esto es un eufemismo, pero bueno) y el usuario no está presente, sus colegas, compañeros de trabajo, cónyuge o cualquier otro damnificado deberían poder cortar sin más mediante una tecla especial o por medio de reconocimiento de voz. "¡No está!" sería una buena alternativa.

Necesitamos el botón antipánico celular, que corte y envíe un mensaje de texto al que está llamando, con la siguiente respuesta: Puesto que dejo por ahí mi celular, en lugar de llevarlo conmigo, y dado que el ringtone que elegí es horroroso, esta llamada ha sido cancelada por alguno de mis colegas. Vuelva a intentarlo dentro de (mínimo) veinte minutos.

Supongo que lo encontrarán exagerado, pero la peste del celular abandonado no concluye en la simple incomodidad auditiva. Se añade -y sólo ofreceré un escenario más, para no abusar- el problema de los que, ignorando que los celulares suelen tener varios posibles estados ( Silencio, Vibrar, Sonar, Vibrar y Sonar ), lo ponen en Vibrar para no molestar a sus compañeros de oficina. Y después se van. Entonces entra la llamada. Así que ahora, en lugar de un ringtone revulsivo, tenemos una cosa que gruñe como un hamster psicópata y, por añadidura, empieza a desplazarse por la mesa de motu proprio, válgame. Menos espantoso sería si, como en Transformers , el dichoso aparato cobrara vida.

En dos ocasiones he debido saltar de la silla para atajar un celular desbocado. Uno puede llegar a sentirse muy tonto en esta vida, pero nunca tanto como cuando salís corriendo para dar cacería a un objeto inerte que, no obstante, se desplaza alocadamente por la mesa mientras refunfuña.

Una solución no libre de conflictos puede intentarse con un colador pequeño o una ollita con tapa. La idea es crear una jaula de Faraday y así aislar el celular de toda llamada. No estaría de más pegar un papelito en la olla o el colador que sugiera: Decile que te quedaste sin señal.

Me parece mejor el botón antipánico. La razón es simple. He considerado hasta ahora un sólo abandonador de celulares, pero suelen agremiarse. No una, sino muchas veces ha ocurrido que al ringtone que despierta en uno la ira homicida se le suma, discordante y sincopado, aquel otro que rememora escenas de discoteca ochentosa, todo adobado por el gruñido del vibrador. La palabra pesadilla es pequeña para abarcar la magnitud de esta encrucijada. Que se repetirá, como dije, un número de veces, aunque no al unísono, por lo que el suplicio auditivo de cierto modo maravilla por su aborrecible variedad.

Sería, por otro lado, de lo menos atractivo tener coladores boca abajo sobre varios escritorios de la oficina..

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COMENTARIO DE HORACIO KRELL

Según un estudio realizado en Inglaterra los británicos pierden la increíble cantidad de 200.000 artículos durante su vida. Se reveló que son 9 por día, algunos de forma breve, como las llaves del coche, las llaves de la casa, teléfonos celulares y los papeles, según una muestra de 30,000 personas. Se destacó que se pierden alrededor de 10 minutos diarios buscando esos objetos. Los hombres demostraron ser peores que las mujeres. Ellas reclaman a su marido por dejar los objetos fuera de su sitio. La mayoría culpa a su mala suerte o a su estilo de vida agitado por los extravíos. Deberíamos ser prudentes cuando se trata de cuidar las llaves ya que podría resultar muy costoso en manos de ladrones. En una persona de 65 años se pierden alrededor de 200.000 objetos. Cubriendo un total de 3,680 horas o 153 días buscando las cosas a lo largo de la vida. Y como era de esperar los celulares y los smartphones encabezan la lista. Lamentablemente lo que nunca perdemos son nuestros malos hábitos y lo que perdimos, definitivamente, es la memoria.




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