DICEN QUE SOY ABURRIDO

*Por Horacio Krell

 

Dicen que soy aburrido, admitía De la Rúa, en un gesto de audacia inusual. Fue el comienzo de la transformación que lo convirtió en presidente. El senador peronista Antonio Cafiero lo  había enfrentado con una ofensa ingeniosa: "No hay nada más aburrido que un domingo de lluvia, sin fútbol y con De la Rúa como presidente. Pero  De la Rúa había entrado en la piel de todos los argentinos, de los niños, de las familias. Se mostraba como un tipo capaz de hablar de lo que sea. Hablaba con honestidad. Y si pensaban que dudaba, era mejor que la gente creyera que era aburrido, que se puede ser presidente y aburrido, pero no un presidente dubitativo o débil. Vencida la desventaja del carácter del candidato, los publicistas atacaron el problema de su falta de decisión, que el inconsciente colectivo atribuía a De la Rúa. Vistieron de comandos armados a un grupo de actores y los puso a caminar detrás de un De la Rúa de sobretodo oscuro.

La idea surgió para poner un icono de fortaleza explícito, exagerado a propósito. Las elecciones presidenciales lo llevaron un triunfo,  obtuvo 48.37% de los votos en la primera vuelta, diez puntos por encima del peronista Duhalde. Logró la victoria enarbolando un programa electoral poco ambicioso donde se comprometía a combatir la corrupción. Como presidente fue un fiasco. Debió renunciar obligado por una insurrección ciudadana como consecuencia del corralito.

El tema del aburrimiento tiene al 50% de la biblioteca enfrentado con el otro 50%.

Se supo el resultado de la segunda autopsia a la cantante Amy Winehouse: murió, literalmente, ahogada en vodka. Había dejado las drogas, y llevaba tres semanas sin tomar alcohol, pero rompió la abstinencia porque estaba muy aburrida. Ninguno puede saber cómo es el aburrimiento de una celebridad, de esa pequeña porción de hombres y mujeres que han adquirido todo lo que los demás buscan con desesperación: poder, dinero, experiencia, talento, atención, amor, devoción, placer sexual. Pero nadie podría decir, al menos sin forzar un poco las cosas, que a Winehouse la mató únicamente el alcohol: la mató, también, cierta intolerancia al aburrimiento. Una situación que se repite  en reuniones con amigos: no hay charla, por profunda o intrascendente que sea, que logre captar la completa atención de los presentes. En cualquier momento alguien revisará sus mensajes de texto o sus mails, otro le dará una mirada a su timeline de Twitter o actualizará su estado en Facebook. Nadie parece soportar siquiera la idea de aburrirse, su mínima amenaza. No hay charla, por profunda o intrascendente que sea, que logre captar la completa atención.

Diez años más tarde del final de De la Rúa, vivimos en tiempos de hiperconexión,  donde se discute sobre si estar aburrido es un tedioso problema psicosocial que afecta sólo a los que superaron la línea de supervivencia  o si es un recurso que ayuda a potenciar la creatividad, al obligar al cerebro a generar ideas al desconectarlo de la rutina. John Eastwood, de la Universidad de York definió el aburrimiento como el intento de querer realizar una actividad satisfactoria sin poder lograrlo.

El aburrimiento pudo ser un factor de la evolución del hombre primitivo que tenía que luchar por su propia supervivencia. Con el descubrimiento del fuego y la semilla, el hombre descubrió el tiempo libre, el sedentarismo y el aburrimiento. Para combatirlo aparecería más tarde la creatividad.  Al aburrimiento casi siempre se le asocia con algo negativo a combatir. Nos invaden con todo tipo de estímulos y actividades que hacen imposible aburrirse. Samuel Beckett dijo: “Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas solo puede chocarnos el aburrimiento”.

El aburrimiento puede ser necesario como una válvula de escape ante una actividad excesiva. Pero cuando aparece a menudo,  se trata de una señal que indica que algo no funciona. El problema quzás esté en los verbos “ser” y “estar”. No es lo mismo estar aburrido que ser aburrido. El aburrimiento, es un sentimiento humano. O al menos la conciencia que se tiene sobre el mismo. Puede que otros seres vivos se aburran, en los humanos,  puede constituir un problema grave.

¿Quién dijo que aburrirse es malo?  El 40% de los chicos pierden su tiempo frente a la computadora para no aburrirse, pero no los ayuda a regular sus emociones y a conocerse mejor.  Aburrirse los llevaría a concentrarse en soledad para que florezca la cadena de pensamientos. La

estimulación desde afuera apunta a la respuesta refleja, no a la reflexiva. La creatividad está ausente. Sólo deben apretar teclas para obtener respuestas programadas.

El aburrimiento, en cambio, resuelve emociones complejas como el enojo, la frustración o la  angustia. Remite a un fracaso, a no sentirse bien en el mundo. Otros jóvenes desarrollan su creatividad con confianza y curiosidad, sin inhibiciones ni bloqueos, inspirados por tareas que suscitan su interés. La oferta ilimitada de entretenimiento atenta contra eso. 

Necesitan acción todo el tiempo.  Es lo que dicen los padres de Tom y Alice, tomados como ejemplo. Las actividades en vacaciones empiezan temprano: El más grande está desayunando y le dice a la madre: Estoy aburrido. Quiere jugar con la tablet, pero sabe que acá lo tiene prohibido. Necesitan acción todo el tiempo: actividad física o jueguitos en la computadora. Si no, se fastidian. Ante la pregunta sobre si ella y su marido se aburren responde no,  ¡No tenemos tiempo!

Ante la intolerancia al aburrimiento y a la desconexión, el aburrimiento obliga a pensar en otro menú que no venga servido en bandeja y entonces a poder crear un propio menú.

La cultura imperante provoca la sensación de que cuando uno no hace nada, pierde el tiempo. Se confunde el aburrimiento con el ocio –que significa fuera del negocio, de la actividad laboral-.

En el ocio se puede disfrutar de un descanso, de un hobby o de un deporte sin estar aburrido.  Por otro lado las mejores ideas surgen en esos momentos en los cuáles no hay algo que hacer.  Los sitios donde surgen las mejores ideas siguen siendo la cama, e baño y el colectivo.

El principio de Arquímedes. Todo cuerpo sumergido experimenta un empuje igual al peso del líquido que desaloja. Hierón, monarca de Siracusa, entregó a un joyero oro y plata para hacer una corona. Hierón desconfió de su honradez y pidió a Arquímedes que lo investigue. Arquímedes  no encontraba solución, pero un día se sumergió al dormirse en la bañera, el agua se derramó y surgió una asociación repentina. Se despertó sobresaltado y dedujo que ante la resistencia del agua el cuerpo parece pesar menos. Tal fue su excitación que salió desnudo gritando ¡Eureka! ¡Lo encontré! Pesó la corona comprobando que su densidad no era la que hubiera resultado si el joyero hubiese usado todo el oro y la plata. Así comprobó la estafa.

El apático a diferencia del aburrido no manifiesta interés por nada. El aburrimiento prolongado, es un llamado de atención ya que podría tratarse de un estado depresivo. En los adultos, el aburrimiento se conecta también con la fatiga crónica y con la frustración laboral (que lleva al  cerebro quemado o burn out ), por la baja motivación que generan las tareas rutinarias.

Sin expectativas de progreso hay desmotivación por el trabajo.  Del acierto en motivar  resulta una sensación de trabajo placentero o aburrido. En muchos casos los líderes eligen para sí las tareas interesantes y el empleado se siente aburrido. Para contrarrestarlo se está implementando el “neuromanagement”: con desafíos, metas y resultados estimulantes. Las neurociencias analizan cómo funcionan estos mecanismos a nivel cerebral. Para contrarrestar la fatiga, se puede modificar la conducta con recompensas que activan los neurocircuitos de la motivación.

La cabeza, el optimismo, las ganas ¿cómo se alimenta eso? Uno nota que con el correr de los años  va perdiendo facultades,  la facultad de la vista, la facultad del olfato, la facultad del oído, la facultad del habla. Lo que hay que tratar de no deteriorar es la universidad: el cerebro.

El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento. ¡Estoy aburrida de mirarme en el mismo espejo y ver la misma cara de aburrida, mojarme en la misma ducha de hace seis décadas. De ver mi misma ropa en el mismo closet, oír la misma música en la misma radio sin volumen, de discutir con las mismas personas, de darme cuenta que la humanidad va decayendo poco a poco, de ser tan bajita, me aburro de caminar en el mismo pueblo, de acostarme y levantarme en la misma cama que está en mi cuarto apestoso a mi presencia!

Sólo sabe que esta aburrido el que alguna vez no lo ha estado. La sugerencia es entonces  ¿por qué no intenta de nuevo la primera fase? El aburrimiento es la evidencia de la dependencia de los demás, de poca creatividad, de no poder estar consigo mismo, de no conocer la hermosa soledad.

Una vida sin problemas.  La vida sin problemas se puede convertir en un gran problema. Hoy todos tenemos reloj pero no tenemos tiempo o no lo queremos porque no lo sabemos usar o no lo podemos llenar.  Por eso el aburrimiento es una enfermedad de ricos.  En medio de costosas diversiones, rodeados de gente que se ocupa de hacerles la vida agradable, se aburren. Es  que no sólo aumenta su riqueza, crecen con ella la instrucción y las posibilidades de acceder a mundos distintos, pero no se desarrolla  el arte supremo y más sencillo del espíritu, el arte de dialogar.

Nietzsche dijo que: “Los animales más finos y más activos son los primeros capaces de aburrimiento”. Se lanzan a mundos posibles  que, una vez alcanzados, los decepcionan.

En el aforismo romano: “al pueblo, pan y circo”: el pan simboliza el objeto del deseo de la gente. Una vez alcanzado, hay que darles el circo para que no se aburran. El aburrimiento popular es trivial y, por eso más difícil de curar. El aburrimiento juvenil: no es agudo, y a veces se sabe esconder, con la diversión y la actividad. Pero es más serio cuanto menos se lo toma en serio.

El aburrimiento es una muerte social causada por la  insuficiencia filosófica que provoca la desaparición del diálogo. Alguien se aburre porque su filosofía se encuentra bajo cero. La filosofía le responde con la vieja canción: yo no soy la que imaginas, o que te han hecho creer que soy.
El que se aburre  rechaza,  no acepta, aborrece y no se interesa. Se dirige hacia fuera, a objetos, a personas y cuanto más los rechaza,  más se va quedando solo con su propia vida.

Hay dos soledades. La soledad activa se separa para ponderar  lo que le interesa o le gusta. La soledad pasiva es la del aburrido y su rasgo característico es la debilidad. El aburrimiento es como la melancolía, pero ésta pone en juego la imaginación que huye de la realidad hacia uno mismo.

El aburrido percibe el paso del tiempo como vacío, la vivencia de un tiempo sin cualidad, color, sonido ni sabor. Los une la presencia interior del vacío y la angustia, propia de la falta de recursos.

Lo aburrido es la eternidad sin contenido, la profundidad superficial, y el hartazgo.

Pero si al rechazar lo otro o al otro no me encuentro a mí mismo, sino con el vacío,  tengo que hacer lo opuesto: aceptarlos, interesarme, tomármelo en serio. Para hacerlo debo llevar a cabo un trabajo sencillo y difícil: cambiar el lugar de la negaciónSi antes negaba, rechazaba, lo de fuera, con “me hastía todo”, ahora me niego a mí mismo, es la condición  para aceptar al otro.

Esa negación se llama humildad y es también la causa de la madurez. Sólo si te vacías interiormente lo otro se destaca  en su existir ante ti. Aquí entramos en un punto complicado.

¿Por qué nos aburrimos? Deseamos algo que llene nuestras aspiraciones, nos de la paz, el entretenimiento, la aventura feliz y perpetua, y todo ello en plenitud y sin esfuerzo. Pero sabemos que no es posible. Entonces nos dejamos caer, nos deprimimos, nos aburrimos. Ante la cantidad de veces que el deseo nos muestra su engaño, muchos piensan que la culpa del aburrimiento es el deseo y tratan de suprimirlo. Pero eso es cobardía. Lo valiente es  aprender a desear

Para saber qué y cómo desear, no tenemos que suprimir el deseo, sino suspenderlo. Requiere esfuerzo y valentía, porque al principio Yo soy mis deseos, mi Yo se identificó con ellos. Quiero esto o lo otro. Pero debo olvidar ese Yo para que el otro o lo otro se presenten, no como lo imagino, sino como son: sólo si pensamos en su realidad podemos construir la relación con ellos.
Eso significa dialogar y el diálogo tiene su origen en el esfuerzo de autonegación y en el de dejarse maravillar por la realidad. Es verdad que en la variedad está el gusto, pero eso es su parte accidental. El mayor gusto se obtiene en la repetición, por el fruto conoceréis al árbol. Beethoven puso en su Fantasía coral :
Uniendo el amor y la fuerza, el favor divino recompensa al hombre”.

El amor y la fuerza dan lugar a la palabra en el diálogo: tengo algo que decir, porque me he vencido a mí mismo, al negarme me he llenado de lo otro o del otroque me entusiasma.

Así, puedo responderEse responder es un activo, es dar a luz una verdadEs una novedad, una ocurrencia, pero no caprichosa, sino originada por el encuentro con lo real, con el ser del otro.

En cuanto a la filosofía es el ejercicio del espíritu que me entrena para ver el ser, lo real, la filosofía es el instrumento universal para el diálogo,  para la existencia de la sociedad, o sea, de la persona.

El ordenador es el instrumento universal de la información, e información es poder. Pero la filosofía lo es para la sociedad, para la humanidad, para que el hombre sea hombre.

No hay interioridad real sin el descubrimiento de la exterioridad real y su aceptación. El melancólico y el aburrido toman la pura apariencia, no se atreven con el peso de lo real, porque tienen mucho sentimiento, pero les falta amor. En el amor no hay temor. Y tampoco hay soledad. Si bien es imposible la unión completa, el diálogo y la esperanza lo convierten en regalo, en algo verdadero y, aunque no pueda evitar el cierre accidental, apartan, transitoriamente de la soledad.

Dejar de lado el aburrimiento significa abandonar todas esas secuelas suyas tan típicas: afán inmoderado de novedades, dispersión, inquietud, indiferencia ante lo grande,  espíritu pequeño, maldad o desesperación. En realidad, el aburrimiento es una desesperación encubierta.

Para no aburrirse, hay que seguir los tres pasos: hay un primer deseo que despierta nuestra atención. Pero enseguida vemos que lo deseado no nos llena, que su apariencia era engañosa en parte. Si por debilidad, debida a la excesiva juventud o al descuido - dejar de lado el entrenamiento que fortalece-, abandonamos el interés por lo deseado -ya que nos frustró-, caemos primero en el aburrimiento, y luego en la desesperación.

Pero si, tras el primer deseo, ponemos la constancia, realizamos el segundo momentoEl esfuerzo del estudio significa mirar algo con amor. El que tiene deseo y añade estudio, el que tiene buena disposición y con esfuerzo adquiere el oficio,  está en condiciones de recibir el favor divino, y llegar al tercer momento: descubre infinitas novedades en lo que era el brillo fugaz de un deseo inicial. Consigue así, gracias a una filosofía verdadera, que se demuestra en la vida, y que es, por tanto, también práctica -filosofía práctica-, un diálogo, que le da alegría permanente. No superamos de verdad el aburrimiento por la excitación de la guerra -que es una pseudofiesta-, ni por el frenesí -con eso sólo conseguimos un mal olvido-, sino por la verdadera fiesta del espíritu.

Espacios vacíos. Hay dos formas de impedirnos pensar: obligarnos a trabajar sin descanso u obligarnos a divertirnos sin interrupción. Entonces aburrirse puede ser de gran utilidad.

"Ricos en potencia, ustedes acabarán aburriéndose del trabajo, los amigos, los cónyuges, los amantes, la vista desde la ventana, los muebles, los pensamientos o de ustedes mismos. En consecuencia, tratarán de buscar caminos de escape. Aparte de la autocomplacencia con los artilugios antes citados, pueden dedicarse a cambiar de empleo, residencia, compañía, país, clima; podrán ensayar la promiscuidad, el alcohol, los viajes, las lecciones de cocina, las drogas, el psicoanálisis. De hecho, pueden juntar todas estas cosas y por un tiempo funcionarán. Hasta el día, por supuesto, en que se despierten con una familia nueva, en un estado y un clima diferentes pero con el mismo sentimiento rancio hacia la luz del día que se filtra a través de las ventanas".

No hay nada de malo en aburrirse: hay que enseñar y aprender a aburrirse más, sin ningún otro motivo o fin que el de instalarse, de lleno, en el aburrimiento. Como una especie de acto de rebeldía, o de recogimiento,  como un estado de autoconciencia neutro, ni bueno ni malo, pero del cual en algún momento hay que salir. Y para una terapia de shock: zambullirse de cabeza en él. Cuando el aburrimiento te golpee, entrégate a él. Que te aplaste, te sumerja, te haga tocar fondo. Mientras más pronto toques fondo más pronto te levantarás. La idea es mirar de frente a lo peor. La razón por la que el aburrimiento merece semejante escrutinio es que representa el tiempo puro, incontaminado, en todo su repetitivo, redundante y monótono esplendor.

Como una especie de acto de rebeldía, o de recogimiento. O al menos de salud pública: si la gente se aburriera más y se concentrara en sí mismo, tal vez diría menos estupideces, mantendría menos conversaciones telefónicas intrascendentes, se producirían menos programas de televisión idiotas, se filmarían menos películas olvidables y se publicarían menos libros banales.

El espacio es más importante cuanto está vacío, el temor a la falta provoca el horror al vacío. Aristóteles creyó que la naturaleza lo aborrecía. Nada debía quedar vacío. Hoy algunos artistas no descansan hasta que no ven su obra llena y otros no pueden llenar el vacío del silencio o de la página en blanco. Entonces se limitan a copiar y pegar. Así se retrasó por siglos la idea de Demócrito según la cual los átomos se mueven en el espacio vacío hasta que por fin Einstein mostró que el vacío podía transformarse en energía y que es el substrato de lo real. Entonces se dejó de considerar al vacío como opuesto a lo real y hasta se aspira a encontrar en él la solución de los problemas energéticos. Sobre el poder del espacio vacío se habla desde hace siglos:

 LaoTse dijo “Treinta radios lleva el cubo de una rueda; lo útil para el carro es su nada (su hueco)”. “Con arcilla se fabrican las vasijas; en ellas lo útil es la nada”. “Se agujerean puertas y ventanas para hacer la casa, y la nada de ellas es lo más útil.

Así, pues, en lo que tiene ser está el interés, pero en el no ser está la utilidad.” Para el oriental el vacío es la realidad profunda, occidente tardó mucho en verlo necesario para la presencia de las cosas. Pero el vacío no se  llena porque el universo se encuentra en continua expansión. De lo que se trata es de llenar el vacío visible con ideas que generen valor. Son las buenas ideas –las que no ocupan espacio- las que pueden mover al mundo hacia un futuro mejor.

Hay que enamorarse de la vida. El hemisferio izquierdo del cerebro aplica el poder duro de la razón. El poder blando de la intuición es femenino, habita en el hemisferio derecho, prefiere la persuasión a la fuerza, la atracción a la coacción. Algo cambió en las relaciones. El pacto hace 50 años era: el hombre trabaja y la mujer en casa. Hoy se busca la unión de dos enteros y no la media naranja, y a mayor individualidad femenina mejores relaciones afectivas.

Pero el amor no es una relación con una persona específica es una pasión. Quien no conoce su misión en la vida, o la perdió está triste, depresivo o aburrido. Le falta la pasión. Puede ser una pareja, un proyecto que no lo deja dormir, la ciencia, el trabajo o el estudio. La pasión lo aleja del triste destino de durar, del miedo, de imitar, de asustarse ante una arruga, de encerrarse para no disfrutar el regalo del presente. Lo importante es descubrir la pasión y ser protagonista. No es tan malo morir, la muerte no se olvida de nadie. Lo trágico, es no animarse a vivir, a ser feliz y a enamorarse  de la vida.

El que finalmente se aburra que haga algo de provecho. Si desea cumplir metas, tener paz, diversión feliz y perpetua, en plenitud y sin esfuerzo, debe saber que eso no es posible. Entonces en lugar de condenar al deseo como culpable del aburrimiento y tratarlo de eliminar, debe asumir que la cobardía mata la pasión. Valentía es aprender a desear porque el deseo es un motor. Querer lo que deseamos y desear lo que queremos. Al principio Yo soy mi deseo y me identifico con lo que Yo quiero. Pero debo limitar al deseo egoísta para que aparezca como es y no como se fantasea. Así empieza la conexión. El diálogo es el esfuerzo por olvidarse de uno y maravillarse por lo real. En la variedad está el gusto que proviene de la repetición y por el fruto que surge al unir el amor con la fuerza, para dar a luz a la verdad. La información es poder pero al aburrido su afán por lo nuevo lo lleva la dispersión, a la indiferencia y a la desesperación. Hay que borrar el brillo fugaz del deseo inicial y entrenarse para mirarlo con amor para vivir así de fiesta. Porque solamente se aburren los que son aburridos.  Como decía Dylan Thomas: “Alguien me aburrió. Creo que soy yo”.


*El doctor Horacio Krell es el CEO Ilvem. Dicta conferencias gratuitas sobre métodos para optimizar la inteligencia. Mail de contacto
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Los  espero en el próximo boletín.

 




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