Sábado 27 de abril de 2013 | Publicado en edición impresa

La compu

Cómo llevar un paraíso en el bolsillo

Por Ariel Torres | LA NACION

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El jueves empezó la Feria del Libro. Van 39 ediciones. Recuerdo cuando empezó. Era un adolescente entonces, y ya estaba irremediablemente enamorado de la lectura.

Dos días antes, el martes, se celebró el Día del Libro y del Idioma. La fecha fue elegida porque el 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes y Shakespeare (y Garcilaso El Inca). En rigor, Cervantes murió el 22, pero su deceso fue registrado el 23.

Sin embargo, casi 400 años después -más de 550 desde la invención de la imprenta de tipos móviles- el libro está en un entredicho. Entre el video (parece que sin video no podemos entender ni cómo se usa el control remoto de la tele) y el e-book, al libro de papel se le adjudica un cierto tufillo a pasado de moda.

Ya he dicho en otra columna que lo que importa no es el libro, sino la lectura ; incluso he trazado las diferencias entre el papel y el e-book . Pero me viene quedando algo en el tintero, si me permiten el arcaísmo.

Es algo que no tiene que ver con la utilidad de leer. Con Alicia Bañuelos hablamos largo y tendido, este verano, sobre la misión fundamental de la lectura en la formación de un individuo. Pero esta vez no me voy a centrar en ese aspecto, pese a su urgente importancia. Desesperante importancia, me atrevo a decir.

Hoy quiero responder una simple pregunta. ¿Por qué leemos? Quiero decir, los lectores impenitentes, ¿por qué leemos? ¿Porque es útil? ¿Para volvernos más cultos? ¿Más inteligentes?

No, señor.

Leemos por placer.

HELADO DE CHOCOLATE

Suena trillado, ya lo sé, pero no lo es. Porque cuando se habla del placer de la lectura, hoy se lo hace con una asepsia quirúrgica. Se habla de este deleite sin la menor convicción, y esto se nota, los lectores lo notamos. Es raro que se afirme que el helado es placentero, ¿no? A lo sumo, un fabricante dirá que sus helados son los más ricos del planeta, pero nada más. Todo el mundo sabe que comer helado da placer. No hace falta mencionarlo. Entonces, ¿por qué se habla del placer de la lectura? Peor: ¿por qué se lo menciona con tanta ceremonia?

Porque es una mera etiqueta, por eso. Si algo está discursivamente apartado de la lectura, en nuestro tiempo, es el placer. El placer -en los mensajes, en el discurso- aparece asociado a otras actividades y objetos, no a los libros, no a la lectura. En los libros está, quizá, la cultura (de pie, por favor), pero no el disfrute.

Por eso, cada vez que alguien me invita a un debate sobre e-books versus libros convencionales me doy cuenta de que desconoce el placer de leer. De otro modo sabría que los lectores consumimos casi cualquier cosa legible, sin importar demasiado el sustrato, la tipografía o la calidad del papel. Nos molesta mucho más una traducción obtusa que una mala encuadernación. O que la impertérrita pantalla de tinta electrónica.

Es cierto que muchos nos inclinamos por el libro tradicional; nos llaman dinosaurios y cosas así. Nunca se preguntan el porqué de esta preferencia. Nos prejuzgan nostálgicos (¡obvio, si nos gusta leer estamos obsoletos!). Pero nada que ver. La preferencia por el libro de papel se debe a que la lectura se disfruta con todo el cuerpo. Leer es un placer sensual.

Reitero: leer es un placer sensual.

Está tan lejos de ser un abstracto ejercicio intelectual como lo están la danza o el escalar montañas. O el helado de chocolate, para el caso.

(Que el texto sea el único capaz de profundizar en las materias más abstractas no hace sino testimoniar la extraordinaria naturaleza de la escritura. Todo bien con el video y las PPT, pero si vamos a hablar en serio de física, matemática, política, historia, filosofía o crítica literaria, por citar sólo un puñado de asuntos, vamos a tener que aventurarnos en extensas jornadas de texto. Es eso o resignarnos a un mero barniz de conocimiento.)

La obra literaria se vive con todo el cuerpo, y así, el tomo de papel, con su peso, su volumen, su textura y su perfume, integra su propia corporeidad a esta experiencia. En cambio, los e-books son textos descarnados, incorpóreos, y sus emisores, los e-readers, huelen, en el mejor de los casos, a plástico; en ellos pesa lo mismo Madame Bovary que Rayuela ; cuesta habituarse a eso.

Pero, como dije, no nos importa demasiado. A la larga, no nos importa. Leer nos causa tanta felicidad que seguiríamos regocijándonos con nuestras páginas favoritas aunque tuviéramos que volver a la arcilla sumeria. Una buena edición ayuda, concedido. Pero este placer es silencioso, eterno e independiente de lo accesorio. Los lectores tendemos a preferir el libro de papel, pero nos enamoramos de los e-books el día que nos damos cuenta de que nos permiten acceder, mediante Internet, a casi cualquier obra publicada. Parafraseando a Borges, es como llevar el paraíso en el bolsillo.

¿Qué sentimos cuando nos sentamos a leer? Como 1000 veces más entusiasmo que cuando se apagan las luces y empieza la película. Eso es lo que hoy vengo a reclamar, el placer de leer, la exaltación que nos proporciona la página impresa. Reclamarlo, digo, porque a la lectura se la trata cada vez más como si fuera un jarabe para la tos. "Tomalo, nene, que te hace bien. No es tan divertido como un video, pero te hace bien."

EL BÚNKER DE PAPEL

Es al revés. Ninguno de nosotros lee por razones pragmáticas. Ni para darnos corte. No leemos porque esté bien leer. Leemos porque nos gusta, así de simple. No le busquen más vueltas porque no las hay. Leemos porque nos causa placer, de una forma muy semejante a como nos causa placer oír música o caminar por la playa o hamacarnos o conversar con amigos.

Compramos libros para leerlos. Parece obvio, pero en ese caso no entiendo por qué cada tanto algún visitante me pregunta: "¿Y vos leíste todo eso?"

Compramos libros para leerlos, y la mayoría de las veces los leemos ese mismo día. O esa misma semana. A veces, es cierto, destrozamos la tarjeta de crédito y no damos abasto para leer todos esos volúmenes enseguida. Pero daremos cuenta de ellos minuciosa y sistemáticamente. ¿Por qué? Porque nos encanta leer. Arrasar una winery, llevarnos un par de Malbec de leyenda y dos kilos de delicatessen que nos envidiarían en Síbaris es un pálido reflejo de lo que los lectores sentimos cuando compramos libros.

Otro mito: no, no leemos todos los días. Cuando estamos atravesando una mala época, con problemas o conflictos, con duelos, con tristezas, no leemos o lo hacemos apenas, tal vez para encontrar una palabra de aliento. Por la misma razón dejamos de oír música y hasta se nos corta el apetito. Cuando uno está mal no tiene ningún ánimo festivo, y para nosotros leer es una fiesta.

Y sí, claro que existe un hambre de lectura. Si alguien no se hace tiempo para leer es porque todavía no ha germinado en él esa hambre, que es voraz, que no admite postergaciones y que a veces se calma con sólo picar algunos párrafos al azar. Por eso, también, cultivamos bibliotecas.

Lo que me lleva a otro detalle que concierne a los e-books. Es muy difícil tener un libro electrónico. En el mejor de los casos son archivos digitales e intangibles. Dadas algunas de sus virtudes, les perdonamos esto, pero a los lectores nos gusta caminar frente a los estantes y tomar un volumen aquí y otro allá, hojearlos, leer una página, una estrofa, recitarla en voz alta. Creo que nadie sabe lo que es sentirse seguro si nunca se refugió entre sus libros.

AH, ESA PREGUNTA...

Pero, ¿qué es exactamente lo que tanto nos gusta de leer? Mire al sujeto que lee. Está casi inerte, lo único que mueve son sus ojos -un poco como el que sueña, aunque por otros motivos- y, sin embargo, está siendo sacudido por imágenes, sensaciones y vivencias. Un buen libro es como una Matrix portátil que se alimenta del más poderoso motor de 3D y efectos especiales de la naturaleza: la mente humana. Si alguien ve en un libro sólo una aburrida secuencia de páginas llenas de letra es que todavía le falta despertar esa facultad dormida en su cerebro.

Los lectores vemos los libros de otra forma. Son pasajes a otros mundos. No ventanas. Pasajes.

Pero esa imaginería que nos transporta a nuevos escenarios y otros tiempos es sólo el comienzo de este deleite. Después está el texto en sí.

¿Por qué veneramos a Cortázar, García Márquez, Rulfo o Saer (y la lista podría seguir por más de una hora, y aun así no sería ni remotamente exhaustiva)? Los veneramos porque el texto bien tejido es una forma de la felicidad. Como nos deleita el aria de la Reina de la Noche, de La flauta mágica , también nos embriagan esas palabras en particular ordenadas en esa secuencia específica, ese enhebrarse de las oraciones, ese delicado tejido cuya naturaleza varía de autor en autor, de obra en obra. Los lectores tenemos en nuestra memoria, clara y distinta, la sensación que nos deja cada estilo, y hemos desarrollado una sensibilidad que es al texto lo que el oído a la música. En no pocos casos, recordamos de memoria los pasajes que nos han marcado para siempre. Los que nos cambiaron la vida.

Y de ninguna manera la lectura termina en eso. Todavía queda ese perturbador poder que tiene el escritor para suscitar nuestras emociones. El leer puede volverse tan intenso que resulta insoportable. Quizás estaba demasiado tierno cuando intenté Crimen y castigo por primera vez, y recuerdo que terminé apartándolo espantado en el Capítulo V. No volvería a esa obra por más de una década, cuando la horrenda impresión que me había dejado aquella escena empezó a desvanecerse. Sin embargo, me basta volver a visitarla para regresar a mis 12 o 13 años y sentir de nuevo, 40 años después, esa violenta repulsión. Tales son las tormentas a las que estamos habituados los lectores.

En este sentido, la poesía alcanza, lo sabemos, las cimas más altas. Leemos y releemos a Dickinson, a Vallejo, a Rimbaud, a Thomas, a Whitman (y muchos más) porque nos empujan hasta los mismísimos límites de la conciencia humana y nos atraviesan el alma y el cuerpo no sólo con las emociones que anhelamos u odiamos, sino también con aquellas que no sabíamos que podíamos sentir.

He releído estos días fragmentos de El paraíso perdido . En mi smartphone. En voz alta, como corresponde. La pantalla táctil y los pixeles se volvieron enseguida insignificantes, transparentes. Desaparecieron y dieron paso a la tremenda voz de un Milton sexagenario y completamente ciego, una voz tan poderosa que viajó 349 años sin atenuarse en absoluto. Ah, y ya que estamos, el smartphone mejoró la experiencia al permitirme buscar con un toque, en el diccionario integrado, las palabras cuyo significado no recordaba. Mire qué cosa. Vino a resultarme más apto para leer un poeta del siglo XVII este smartphone del siglo XXI.

DE RATONES Y OTROS REPTILES

La imagen que suele pintarse de los lectores como ratones de biblioteca es tan falsa como sintomática. Quienes la esgrimen se exponen más de lo que imaginan: se les nota que nunca se asomaron al placer de la letra escrita. Una pena. Se lo pierden.

Casi sin fisuras, el arquetipo del lector es representado por un sujeto timorato, debilucho, un alfeñique de lentes (como si usar lentes fuera un estigma) que lee mucho porque vive poco. Salir a comer, ir al cine, ir a bailar o tomar sol en la plaza sí que es vivir. Leer, no. Por favor.

Pero hay otra cosa. No se me ocurre una mejor forma de vivir la vida que habiendo recorrido las grandes páginas, no sólo porque el que no sabe es como el que no ve, y los libros enseñan mucho, sino, y sobre todo, porque leer es como experimentar muchas vidas, muchas veces, en muchos lugares. A fin de cuentas, ¿cuántos de los que nos critican por vivir poco han sido Ismael en el Pequod? ¿Cuántos fueron Holden Caulfield? ¿Cuántos han sido, en esta vida, Tristán, Isolda, Estanislao e Irene?

***

Leer es útil. Muy útil. Es conveniente y ventajoso. Ayuda a entender el mundo y la vida. Te puede conseguir un mejor empleo y a salir de una crisis; al menos, a sobrellevarla. Leer te forma y te informa, te brinda argumentos, te abre los ojos, te procura perspectiva, te libera del demagogo. Hasta te ayuda a mirar mejor las películas y los videos. A encontrarle nuevos sentidos a tu música predilecta. Se vive más y mejor gracias a la lectura, porque leer es ampliar la conciencia.

Pero, sobre todo y antes que ninguna otra cosa, leer es una dicha..

 

 

Comentario de Horacio Krell

 La lectura es además de un placer el motor de la civilización y la cultura. Es un producto de la mente. Los genes nos brindan los instintos y las reacciones, pero el alimento es la experiencia. La capacidad de leer no fue escogida por la selección natural incorporándola a la herencia: el tallado del alfabeto en el cerebro fue la victoria de la mente y del espíritu sobre la materia. Saber leer es el propulsor del aprendizaje de segunda mano. Newton dijo: No soy un genio, estoy parado sobre la espalda de gigantes. La lectura aprovecha la experiencia ajena. Sin ella aprenderíamos a los golpes. La paradoja de la época es el analfabetismo funcional, los muchos que saben leer pero que no leen por falta de tiempo ¿En qué medida estamos perdiendo así los valores humanos? Ante una tecnología omnipresente, que cambia a cada rato, la lectura, que fue la primera tecnología creada por el hombre, es imprescindible para acceder a todas las demás. Como dijo Borges: somos lo que somos por lo que leemos.




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